
Seres espirituales y familiares
Los seres espirituales
Además de los dioses, existen seres espirituales que pueden aparecer de distintas formas y tener diferentes naturalezas. Los espíritus nacen allí donde una idea, una emoción o un lugar permanecen durante suficiente tiempo como para dejar huella en el mundo.
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Algunos espíritus están ligados a la naturaleza, como los nacidos de un manantial, mientras que otros están vinculados a la vida que habita un lugar, una especie o un linaje.
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Hay espíritus que nacen de la fe colectiva. Puede ocurrir con un cerezo anciano venerado por una aldea durante décadas o con un viejo puente donde los viajeros han arrojado monedas durante siglos para pedir buena suerte.
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Otros provienen de los restos de la voluntad de alguien, como un antiguo palacio en ruinas que conserva el espíritu de su último señor, o una biblioteca destruida cuyo espíritu todavía intenta proteger el conocimiento que albergaba.
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Finalmente, existen espíritus ligados a sucesos históricos, ya sean singulares, como una batalla cuyos campos albergan los ecos de los caídos, o recurrentes, como la actividad de un faro cuya luz ha salvado cientos de barcos.
Es posible invocar a los seres espirituales mediante hechizos, inscribiendo el círculo mágico adecuado y cumpliendo determinadas condiciones. Estas suelen proceder del imaginario colectivo, como: «El espíritu del cerezo se aparece las noches de luna llena si enciendes un farolillo con una vela blanca».
Los seres espirituales se vuelven hostiles cuando alguien actúa en contra de su lógica. Siguiendo con el ejemplo, si talas una rama del cerezo, no pretendas que su espíritu se muestre amistoso.
Los espíritus no poseen una biología propia. Son manifestaciones de conceptos, recuerdos, lugares o voluntades que han adquirido identidad.
Tipos de seres espirituales
La clasificación más sencilla es la siguiente:
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Benignos: así se denomina a los espíritus nacidos de la voluntad popular que ofrecen bienestar y guía a las personas a cambio de una ofrenda.
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Elementales: son espíritus ligados a un lugar natural, desde un manantial hasta un desierto.
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Hadas: están ligadas a la vida. Se cree que son agentes de la diosa Nozomi.
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Fantasmas: nacen de la voluntad de una persona fallecida. Los fantasmas no pueden ofrecer un relato completo de su pasado: son fragmentos de una canción inconclusa que esperan hacer resonar una última vez.
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Caídos: son espíritus que han perdido su propósito. No son benignos ni malignos, simplemente están enfadados.
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Demonios: son espíritus nacidos de la disonancia tan poderosos que pueden poseer seres vivos y reencarnarse en ellos. Su obsesión es el control a través de los sentimientos negativos de las personas.
«Los espíritus no entienden el bien y el mal. Sólo recuerdan aquello para lo que existen.» Christine Áster
Los familiares
Un mago puede establecer un contrato con un espíritu y convertirlo en su familiar mediante la creación de un nexo.
Existen dos tipos de contrato atendiendo a la temporalidad:
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Permanentes: duran hasta que ambas partes acuerdan su anulación o se cumple alguna de las condiciones de ruptura.
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Temporales: finalizan cuando se cumple una condición definida en el contrato.
El contrato queda simbolizado por un objeto que sirve de vínculo entre ambos. Mientras ese vínculo exista, obliga a ambas partes a respetar las cláusulas acordadas.
Mientras dura el contrato, el espíritu recibe el maná y la voluntad de su médium. Esto permite que el espíritu pueda resonar con la canción y perseguir el propósito que le dio origen.
Un médium puede tener varios familiares o compartir un familiar con otro hechicero.
Los médiums experimentados suelen recomendar que todo contrato recoja, al menos, las siguientes cláusulas:
- Las partes del contrato deben cuidarse mutuamente.
- Los enemigos de un médium son los de su familiar.
- Un familiar jamás dejará solo a su médium en situación de peligro.
- El contrato sólo puede anularse por acuerdo entre ambas partes o si se incumple alguna de las cláusulas anteriores.
Espíritus esclavizados
No todos los espíritus aceptan un contrato de forma voluntaria. Algunos hechiceros, incapaces de aceptar esa negativa, recurren a una práctica repugnante: la esclavización. Está prohibida en el Imperio Eterno.
Sólo se admite en un caso muy excepcional:
Cuando el espíritu representa una amenaza grave para las personas, el territorio o el equilibrio mágico.
Para esclavizar un espíritu hay que encadenarlo a un objeto, que varía según el tipo de espíritu a someter.
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Benignos: un objeto sagrado (como un cáliz o un libro con escrituras divinas).
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Elementales: una runa grabada (debe corresponderse al glifo del elemento en cuestión).
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Hadas: el símbolo de una amenaza (por ejemplo la rama del árbol que el hada debe proteger).
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Fantasmas: una filacteria (un recipiente hueco donde se introduce el nombre en vida del fantasma).
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Caídos: un objeto marcado por la violencia (como un arma).
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Demonios: un objeto de poder (lo más común es un grimorio de magia).
El resultado no es un contrato, sino una relación entre amo y esclavo.
En el peor de los casos, el hechicero abusa del espíritu sometido. Por desgracia, esta conducta continúa siendo una lacra presente en la sociedad. Ningún hechicero digno debería perder el respeto a sí mismo recurriendo a ella.
Cuando un espíritu ha sido esclavizado porque representaba un peligro, es relativamente común que el hechicero que lo encadenó termine desarrollando con él una relación de confianza. Con el paso del tiempo, la cadena puede sustituirse por un contrato voluntario.
Contratos invertidos
Existe un riesgo al establecer un contrato: si la voluntad del espíritu supera a la del médium durante la vinculación, el contrato puede invertirse. En ese caso, será el hechicero quien quede obligado a perseguir el propósito del espíritu, alimentándolo con su propio maná.
Cesión de espíritus
Un médium o maestro puede ceder temporal o definitivamente el vínculo con un espíritu, estableciendo previamente una serie de directrices. Mientras estas permanezcan vigentes, el espíritu no puede contradecir las órdenes de su hechicero original.
Se cree que muchos reyes brujos «regalaban» espíritus a los nobles con contratos preparados para invertirse. De ese modo podían controlar a sus nuevos portadores o asesinarlos si descubrían que se estaba gestando una traición.